Tenía todas las intenciones de escribirte una carta desde Bruselas, pero se me pasó tan rápido que ni me di cuenta. Bruselas es una ciudad muy pequeña y fácil de caminar, tanto que cuando estuve ahí hace siete años la caminé de arriba para abajo varias veces, vi un montón de estatuas y monumentos y parquecitos preciosos, museos de todo tipo, y la ciudad se me acabó. Recuerdo que compré un mapa antiguo de centroamérica y el caribe, que todavía tengo en una carpeta y nunca llegué a enmarcar. También me compré un abrigo ligero de un color amarillo, que me hace ver como un cono para dirigir el tráfico. Una ciudad europea cambia prácticamente nada en siete años, así que esta vez me encontré en un lugar lindo que ya había visto. Lo cuál es bueno, hasta cierto punto.
Llovió todos los días. Llegué un Domingo muy temprano en la mañana en el que todo estaba cerrado y en el centro no había un alma, parecía una ciudad fantasma. Sufrí las primeras horas del jet lag en el lobby de un hotel donde no tenían lista mi habitación aún, así que tuve que pasármelas en un ambiente deplorable de gente joven, música techno, decoración que parece de una start-up del 2012. Por cosas del trabajo y la diferencia horaria y otras tragedias, tuve que pasar en este lobby muchas horas en los próximos cuatro días. Espero no tener que volver jamás.
Todos los días me despertaba a eso del medio día, salía desorientada debajo del aguacero a conseguirme un desayuno (toda la comida deliciosa, eso sí) y escribía un poquito bajo la mirada semi-hostil de los europeos que odian las laptops en los cafés. Caminé por ahí, comparando mi memoria visual de la ciudad, actualizando, haciendo una memoria nueva. No compré mapas ni un abrigo chillón, ni nada. En la tarde me iba al hotel del diablo a disfrutar una siesta lujosa, de dos o tres horas, para poder ponerme a trabajar a eso de las seis de la tarde, hasta la una de la mañana. Así se me fueron esos días y la verdad es que al final ya quería irme a cualquier otra parte. Dicen que la ciudad es más entretenida si uno toma cerveza y come waffles y papas fritas con mayonesa, y les creo.
El Jueves en la tarde tomamos el tren rápido hacia París, y en hora y media estábamos aquí. Llegamos a la hora pico del tráfico y nos decidimos por un metro que iba hasta la verga de gente. Mi primera impresión de París fue cercanísima, de cuerpo entero, apretada contra los parisinos. Te voy a contar más de estos días, pero todavía no, porque esa me parece que es otra carta. Tengo en el kindle Katabasis, de R.F. Kuang, y no quiero hacerle esperar.
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