siesta

Querida Paula, estoy feliz al otro lado del mar. Es obvio que lo que me hace feliz es no tener que trabajar y estar a ocho zonas horarias de todos mis problemas. Eso está claro, ya lo hemos incorporado. Pero Berlín es la tercera ciudad en donde he pasado más tiempo en los últimos años, después de San Francisco y San José, y tiene algunas familiaridades que me calman. Voy a las mismas panaderías, me subo en los mismos buses, sabría por ejemplo dónde ir a comprar flores. Sé dónde ir a caminar sin hacer nada, dónde me voy a ir a sentar a leer unas historias de Lydia Davis más tarde, cuando termine de tomarme este café negro en un café donde ya he estado antes y mi teléfono reconoce el password del wifi.

El jet lag me parece un estado del cuerpo incómodo y fantástico, donde todo está permitido. A todo le digo que si: una hamburguesa con papas, una siesta de dos horas, un café, un club mate, un helado, una siesta de doce horas. Todo si. Amanecí a la hora correcta, con el cuerpo alineado a los ritmos de la mañana local. Es Domingo. Estaba invitada a un brunch pero el primer día en otro planeta te da una excusa elegante para faltar a cualquier cosa. Más tarde voy a ir a uno de esos colectivos de artistas hackers donde todo tiene mucha luz artificial. Ahora lo que tengo que hacer es caminar bajo este sol indeciso que no sabe si ya llegó el otoño. Eso me va a terminar de orientar.

Te lo dije por chat pero estoy convencida de que hay que decir que si. Es injusto que solo se pueda vivir una vida a la vez, así que hay que decirle que si a esa cosa que te da miedo. Nunca va a haber un mejor momento, nunca se van a ir las condiciones adversas, el mundo se acaba.

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