Lena escribe desde el avión, a 10 mil metros de altura, en modo casi automático (modo que confiesa practicar cada mañana desde hace seis meses) preocupada por si la carta suena a escritura automática. My dear, las veces que intenté ejercicios así, escribir sin pensar, lo que quedaba en la página siempre pareció menos un texto que la obra de un gato que caminó encima del teclado. Tranqui, tu escritura está blindada.
Me quedé pensando en esos intentos de escritura automática y por un momento sentí la ansiedad que me invadía. O presionada tecas con los ojos cerrados o escribía oraciones con sujeto-verbo-predicado primero, y con subordinadas cinco segundos después. Mi cerebro blindado pero en el sentido contrario al de Lena. Me pasa lo mismo -cumple la lógica- con la meditación. Desde que se puso de moda en las conversaciones (vino en la mochila pop del yoga) y, para no pocos, en la práctica, mucha gente cercana me recomendó probar la meditación. Choqué siempre con la misma pared: una cabeza incompatible con la meditación, una mente de teflón-inverso: no se vacía de ideas, las atornilla y las multiplica. Peor aún, cuando no me rendí a los cinco minutos e insistí en el intento caí ruleado. Sé que no es equivalente, pero digamos que mi meditación es dormir.
En la caminata matutina (bueno, era pasadito mediodía ya) me topé, y hasta me detuve para verlos pasar, un grupo numeroso de corredores, un espectáculo colorido todo belleza, salud e indumentaria de marca. Los vi alejarse y, todavía conmovido, retomé mi caminata. Dándole vueltas a lo que acababa de presenciar, varias cuadras más adelante llegué a esto: lo mismo que para fumadores y bebedores, debería usarse el concepto de runner-social.
En fin.
Ci vediamo
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