pericos

Ayer regresé de Talamanca en cuatro horas. Me parece imposible, pero así fue, ya no sé dónde queda nada. Hasta hicimos la parte obligatoria que es pasar el Zurquí detrás de un trailer que parece que lleva uranio enriquecido, a veinte kilómetros por hora, mientras caía un aguacero.

En la casa de mi tía pasé varias aventuras, casi todas ellas tienen que ver con fotografiar pájaros. Me metí al monte y tomé fotos de pájaros que no había visto jamás, de colores brillantes. Me picaron zancudos tan grandes como los pájaros. Me llevo una buena cosecha de fotos mal enfocadas, de pésimo ángulo, con ramas tapando al bicho. Marco en mi librito de campo y veo que ya tengo 32 especies debidamente identificadas, sólo me faltan unas 868. En eso pienso pasarme los próximos cuarenta años, con estos monstruos de huesos huecos.

A la playa fui un día. Apenas me senté llegaron a joder dos locales, borrachos desde tempranito. Uno era simpático e inteligente, el otro estaba más cruzado que la sueta de la chilindrina. Con toda persona que me encontré durante la semana había una enorme posibilidad de nuestra interacción estuviera mediada por el perico. Yo pensé que la noble mariguana todavía era la sustancia reina, la que permite vivir la vida a 0.75x. Claramente estoy muy desactualizada y los estimulantes han ganado: el capitalismo todo lo arruina. En fin, como tenía dos borrachos jodiéndome no me metí al mar.

Tengo vagos recuerdos de una niñez de vacaciones en el caribe. De meterme semillas de cacao a la boca, de tocar ranitas venenosas con los dedos, de cortarme los pies en las piscinas de corales. Lo más cercano que tuve a una niñez de realismo mágico que algún día me compraría una gran editorial. Ahora estoy de regreso en San José, donde de verdad crecí, y lo que hay son palomas sucias, pericos de avenida, yiguirros color caca, zopilotes jugando en el viento de la tarde. Secretamente mis favoritos.

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