Después de leer Memoria por correspondencia de Emma Reyes y antes de leer La hija única de Guadalupe Nettel, se me olvidó contarte que leí Ansibles, perfiladores y otras máquinas de ingenio de Andrea Chapela. Este libro reúne diez relatos de ciencia ficción, de unos futuros que honestamente ya están alcanzando nuestro presente. Me impactó en particular uno de los cuentos que se llama Como quien oye llover porque describe la Ciudad de México, esa metrópolis caóticamente hermosa, a mi parecer, que conocemos por su arquitectura, su caos vial, su expansión infinita puesta en una realidad futura en la que todo eso vive bajo el agua. Chapela narra al principio del relato:
Dicen que la Ciudad se construyó sobre un lago, del que solo quedó un murmullo cuando se evaporó toda el agua y se entubaron todos los ríos. Pero la tierra recordaba el agua y llamaba a su fantasma.
Luego la historia cuenta que hay gente en las orillas que construyó chinampas y usa botes para transportarse; y hay gente del interior, la que se fue a refugiar a las montañas más altas. Aparentemente la lluvia es la norma y los días secos son una fortuna. En algún momento, la protagonista, una chica joven de la orilla, para conquistar a otra chica que es del interior, la lleva en bote hacia el centro del lago o lo que fue el centro de la Ciudad de México. En el camino se van describiendo edificios icónicos y monumentos, como el Ángel que apenas despuntan del agua.
Lo que quedó grabado en mi mente al leer ese cuento fue impactante, o bueno, como yo me lo imaginé, me pareció alucinante. Y justo fueron esas imágenes las que vinieron a mi mente el viernes pasado, el 17 de octubre, cuando veía las inundaciones -ya recurrentes- de barrio Dent y barrio Escalante. Sabemos que la época lluviosa de nuestro país puede ser devastadora para muchas partes del territorio. Pero supongo que estos eventos en particular me impactan por mi cercanía con estos barrios, porque son parte de mis rutas cotidianas, porque conozco con nombre y apellido a la gente que vive por ahí, porque algunas de estas personas son las que más amo en mi vida.
El año pasado escuché una charla de la curadora dominicana Yina Jiménez en la que compartía sobre el proyecto The Current IV: El Caribe: otras montañas, las que andan sueltas bajo el agua, la cuarta edición del programa de becas curatoriales de TBA21–Academy. No me voy a extender sobre el proyecto, solo quiero mencionar otra imagen que me quedó grabada en la memoria, me impactó tanto que esa noche no pude dormir pensando en ella. Al hablar sobre la placa del Caribe, en la cual se sitúa tanto el istmo centroamericano como parte del norte de Colombia, el sur de México y todo el archipiélago del Mar Caribe, Yina mostró una imagen del corte en elevación de la placa para dar a entender que estos territorios antes mencionados son en realidad las cumbres o lo que sobresale de unas montañas que inician a miles de kilómetros bajo el mar.
Mi pregunta genuina ante estas realidades que estamos viviendo es qué pasó con el concepto de tierra firme. Me devuelvo al juego de escalas de Orbital y veo a nuestro minúsculo planeta flotando en la inmensidad de la galaxia. Tal vez haya una mano gigantesca sujetando una manguera descomunal que vierte agua sobre el Caribe porque sí, como cuando sube la marea e inunda los castillos que construimos en la arena. Porque es parte de un ciclo, porque el agua sube y después baja. Porque somos así de pequeños y hemos sido así de ingenuos pero sobre todo así de impertinentes creyendo que la naturaleza se domina o que nuestra supuesta inteligencia nos separa de ella.
Hoy celebramos el cumple de Mau. Nos reunimos todes les superamigues con las respectivas familias (solo faltó Chaves) y otras personas cercanas a Mau. Comimos delicioso y sin parar, nos reímos mucho. En algún momento de la tarde vimos llover ferozmente, pero nos concentramos en lo mucho que nos queremos y lo bien que la pasamos juntes.
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