montaña rusa

Queridas, no pude apersonarme la semana pasada pero propongo que no bien, de vuelta del Caribe, ponga Lena un pie en su casa nos juntemos para la mejor parte de este intercambio epistolar: la analógica.Las cartas tiene lo suyo, por supuesto, pero ni siquiera tengo que explicar los efectos positivos para el estado de ánimo y, digamos, la salud de los encuentros que, por nuestro propio bien, no quedan registrados en ningún formato potencialmente comprometedor.

Ahora que lo pienso, tengo ya demasiado tiempo sin ir al Caribe. Ya entra en categoría de descuido, está muy cerca ese destino por el que mucha gente sabe que vale pagar dinerales en boletos de avión y demás. Tomaré cartas en el asunto.

Las últimas han sido semanas de entrar y salir de resfríos atómicos, descensos a pozos emocionales con sus respectivas y celebradas recuperaciones. Por suerte, porque no siempre es así,  todo este periodo de altos y bajos atravesado por una racha continua de escritura y edición de textos. Ese lugar, ustedes saben, que disfruto mucho.

Cuando digo escritura hablo también de lectura, actividades que no conozco separadas. Destaco entre ellas un libro de poesía discreto y hondo por partes iguales. Decidido y firme sin aspavientos, inteligente sin altivez, un libro que a la vez es una puerta que se abre. Las montañas no deberían escucharse (Bajo la luna, 2024), de Milagros Pérez Morales, escritora joven argentina.

El mundo está roto por todo lado como siempre aunque la sensación es que se acelera el deterioro. Puede ser parte del derrumbe esa percepción de eventos en fast forward, no sé. Por mi parte, trato por lo menos, si bien no es algo que recomiende a nadie, de mantenerme en modo rencor-activo para no entregarme a la resignación y tristeza paralizadoras. Digamos modo punch-a-nazi sin pensarlo dos veces. En fin.

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