Queridas, les escribo desde un quinto piso en Buenos Aires, van a ser las 10 pm y las cortinas que dan al balcón ondean agitadas por el viento del otoño y el monóxido de carbono metropolitano. La verdad es que es un aire fresco que entra a la ciudad desde el Río de La Plata que está muy cerca. Ese río que, dice Martín Prieto en un poema “en su ancho parece mar”.
Gracias al MALBA, desde la madrugada del 29 anterior estoy instalado en un departamento de alto quintil. Tengo bidet con secador, por ejemplo. Por supuesto, en dos segundos me acostumbré al confort. Del materialismo histórico parece que me va quedando solo el materialismo.
Volé en Copa, vía el aeropuerto más feo que conozco, Tocumen. Panamá es un gran y querido país, su aeropuerto es infame. El tirón largo, el de Panamá a Buenos Aires, tuvo una cosa buena y una mala:
1. No había pantallas en los asientos; en cambio la fucking empresa ofrece ahora un tal “showpass” que es una especie de streaming al que los pasajeros se conectan con sus teléfonos. Podrán imaginarse que nadie lleva audífonos, lo que significa que por 8 horas uno escucha la mezcla de audios de Minions, Rápidos y Furiosos y Unpregnant. Imposible dormir.
2. El despegue y el aterrizaje son tramos en los que, por razones obvias, pienso siempre que llegó mi hora (y la de los otros 150 seres humanos a bordo), pero el piloto aterrizó el aparato gigante con la delicadeza de quien coloca la aguja en un tornamesa activo.
Ya vi a parte de mi familia molecular de acá: Anita, Nacho y Ramona. Escribo sus nombres y, acto reflejo, sonrío.
Anoche fui a la celebración de cumpleaños de Esteban L. para saludarlo a él y a Esteban B., los protagonistas de aquel texto que publicó la revista Samoa hace unos meses, Esteban y Esteban. Cada 15 minutos de la noche fui más feliz que los 15 minutos anteriores.
Las dejo aquí, seguimos. Love & rockets.
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