Este invierno no termina. Me voy a costa rica para darle tiempo de irse del todo. El viento azota el árbol del patio, los pajaritos se agarran con todas sus fuerzas. En las casas viejas la calefacción siempre es un bien desigual, en la mía la sala está a la temperatura de Paso Canoas y podría sentarme en bikini entre las plantas. El baño, lejano, es la tundra siberiana, y si vas a durar mucho rato ahí es mejor que te pongás una bufanda. La única forma de arreglar esto es cambiar el sistema, y como en el mundo en general, esta idea fantasiosa es carísima e implica demasiado trabajo, sufrimiento e incomodidad por parte de todos.
Estoy de bajón generalizado, pero tengo fé en que San José, nuestra ciudad feíta, me levante los ánimos. Es una mezcla del trabajo, el gobierno de los imbéciles, algunos dolores interpersonales, males físicos menores, y el arriba mencionado invierno interminable. Uno de mis momentos felices fue el domingo en la mañana cuando finalmente hizo suficiente sol. Pasamos por unos sánguches de desayuno y llevamos a Dante un parque donde hay un lago donde nadan los perritos. A Dante le encanta nadar, más porque está obsesionado con traer de vuelta cualquier cosa que le tirés al agua, a veces al punto de poner su pequeña vida en peligro (muy inteligente no es, mi hijo). Feliz, con la lengua afuera y chorreando agua, los ojos brillantes como bolinchas. Después durmió toda la tarde.
Ya quiero ir a tu casa a darle a la pera, se ve bien puesta.