Desde ayer y hasta el próximo sábado Ari está en mi casa y el miércoles te veo a vos, mejor dicho una semana imbatible. Mencionaste trabajar en shorts y me vino un flashazo de la pandemia, los años de trabajar en buzo o panta, los años del elástico les digo también. Qué raro, no engordo, decía yo, engañado por las tallas extensibles.
Anoto esa película en la lista de recomendaciones, googlié y vi que el guion es de Walter Salles e Isabel Coixet. Suena bien, my dearest.
Hoy temprano entraron varios mensajes de texto, tres seguidos, con un tono que nunca he podido manejar, paso de 0 a 100 en un segundo. Lo conozco desde la infancia, enfurecía en silencio, pero desde la adolescencia hasta ahora ha dado pie a devoluciones explosivas (sobre todo verbales) sin importar el emisor: mi padre, un profesor, un guarda, un tombo (aquí perdí siempre, por supuesto). No me enorgullece nada de esto, tampoco me avergüenza. Qué sé yo, he llegado a pensar que hay un porcentaje de respuesta biológica en esta conducta. En fin, entraron tres mensajes con ese tono y en velocidad 5 del ventilador devolví un audio en llamas. Era una situación delicada en la que llevo las de perder (qué novedad) pero estoy seguro de que, aunque reflexioné el resto del día sobre los inconvenientes de mi reacción incendiaria, si entrara en este momento otro mensaje con ese tono, vuelvo a prenderle fuego al Whatsapp o lo que sea. Seré intolerante pero al menos no soy conciliador. O como decía aquel personaje de Bolaño en Los detectives salvajes, hay momentos para la poesía y momentos para el boxeo.
En fin. Va beso.
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