Me gustó mucho tu crónica de esas más de cincuenta horas de viaje de regreso. Durísimo. Especialmente me van gustando más las últimas, que ya son casi producto de la alucinación. A mi me gusta ese estado del cuerpo confuso, en el que no hay hora ni lugar. Me parece que todos los deseos salen a la superficie, unos más inconvenientes que otros. Ese clic que describís al ir aterrizando me parece clave. Algo que cayó en su lugar.
Hoy tengo el día feriado y no sé qué hacer con él. Por el momento te estoy escribiendo esto desde el café La Bohéme, en 24 y Mission. Cuando llegué a San Francisco hace casi 20 años este café siempre estaba lleno de viejos escandalosos, chilenos y mexicanos, hablando de Marxismo. Ya todos se deben haber muerto. Creo que ya he escrito otras cartas de este blog en este café, viendo por la ventana sucia cómo se va deshaciendo la ciudad, bajo el sol o bajo la lluvia. El dueño es un turco de pésimas pulgas, la concurrencia es vieja y pobre, todas las sillas y las mesas son de diferentes orígenes y alturas, todas evidentemente recogidas de quién sabe dónde hace quién sabe cuánto. Estoy tomándome una coca cola light y leyéndome Red Plenty, como si Godard hubiera escrito esa línea para describirme: les enfants de Marx et Coca Cola. Nunca quiero irme de este cafesucho horrible.
En estos días he estado hablando mucho con un amigo muy querido que anda con el corazón roto, lo lleva por ahí en la mano, expuesto a los elementos. Qué momentos tan desesperados. Tenemos que hablar de lo que es enamorarse, pero también tenemos que hablar de esa herida profunda que es la ausencia del rompimiento. Ese estado irracional, en el que nadie se entiende a si mismo, en el que lo que hay que hacer nunca está más claro, y nunca más imposible. Yo personalmente en muchos de esos momentos he salido corriendo hacia el aeropuerto más cercano pero no lo recomiendo: sale carísimo y nunca funciona.
Hace unos días que vos, Chaves y yo discutimos la posibilidad de cerrar este blog al año de su existencia, porque a veces los proyectos son mejores cuando tienen final. Entre esa decisión y la fecha de cierre (el cinco de noviembre) nos hemos llenado de nostalgias, y hemos escrito más. Hasta me emociona pensar qué vamos a hacer después. Obviamente nos vamos a seguir escribiendo, quizás en privado, quizás sobre las cosas que necesitamos mantener más cerquita del pecho. Lo que sé es que no sé hacer ninguna otra cosa más que escribir. Si pudiera parar ya lo hubiera hecho.
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