Estaba buscando algo que oír mientras ando por ahí lavando los platos, regando las plantas, y me encontré que mi biblioteca tenía The Bell Jar, de Silvia Plath. Me lo había leído hace mucho, y decidí darle otra vuelta porque total es para escuchar medio distraída, en el fondo. Qué felicidad sería escribir con esa economía, con esa precisión. Hay una generación de mujeres gringas que escribió todo perfecto, y no sé si eso es bueno. La frase famosa “I took a deep breath and listened to the brag of my heart: I am, I am, I am” es una poesía entera que viene en la parte exacta de narrativa que la necesita, ni un segundo antes.
Ayer estaba pensando que a mi generación la vida nos enseñó a no vernos mucho al espejo, a no dejar que nos tomaran fotos. La vanidad, quizás vagamente un pecado, era algo a evitar. No solo era no llamar la atención, si no dejar de llamar atención específicamente hacia tu propia belleza. En el momento que decidías que te gustabas, que te gustaba tu pelo o tu cara o tu cuerpo o cómo te veías en una foto, el ambiente era muy rápido para corregirte de una cachetada. Te crees mucho. Creída. Y aunque las generaciones que llegaron después se tomaron todas las selfies, las del espejo del gimnasio, bailaron en videos cortos hasta que ya las había visto gente en todos los rincones del planeta, las mujeres de mi edad y mayores seguimos escondiéndonos de las cámaras y de los espejos, como si nos fuéramos a ver y asustarnos. Como si no fuéramos preciosas.
Otro libro que estaba disponible por casualidad era River, de Laura Vinogradova, traducido del original latvio al inglés por Kaija Straumanis. Es un libro cortito y la narrativa está compuesta casi toda de cartas, escritas a una hermana desaparecida. Me gustó tanto que volví y volví sobre varias partes, para sentirlas otra vez. Qué maravilla de historia, cómo me gustó el ritmo y el peso de todas las cosas, de las tristezas que arrastramos por todas partes aunque tratemos de huir. Uno de mis favoritos en lo que va del año.
Mañana me voy para Limón, con la esperanza secreta de que en el río me encuentre, sin buscarla mucho, una espátula rosada. Es difícil de explicar, así que no lo intentaré. Besos a ambos.
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