Les escribo desde la cama un domingo en la tarde, Ramona está pegadita al costado de mi pantorrilla derecha. No me he bañado y no creo que lo haga. Después de escribir esto, intentaré hacer una siesta y si no lo logro, me haré una leche dorada y buscaré alguna peli.
El viernes 25 de julio, Lena vino al A214, conoció a Ramona Stone, quien en buena señal se dejó saludar. Después fuimos a desayunar tostadas de aguacate con americanos grandes al café que hay a los 200 m de mi casa.
Lena y yo nos conocemos desde hace muchos años, pero ha sido en los últimos dos años que hemos estado conociéndonos de verdad y sin prisa. Pero en esta visita nuestras conversaciones alcanzaron un alto nivel de intimidad. Cada vez que nos encontramos, nos miramos a los ojos y sin dramas entramos en el ping-pong de lo que realmente nos ha pasado, de lo que de verdad nos pasa, de lo que nuestras historias cuentan sobre quienes somos.
De seguro aun no es tiempo de volcar en estas cartas las nimiedades más recientes y cercanas de nuestras vidas con pelos y señales, pero igual acá vamos dejando rastros de la realidad circundante e inmediata de estas personas que se sientan a escribirse cartas públicas en un tono personal.
Así que mientras el tiempo pasa y la memoria erosiona todo esto que ahora parece no poder ser expuesto, porque duele, porque quema, porque aun no lo entendemos, dejo por escrito lo que me escuché decirle a Lena al final del desayuno: “para celebrar que cumplo 50 años, me voy de viaje sola al desierto”.
Aun no le he contado esto a Ramona. Ayer, además, reservé todos los hospedajes.
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