Les escribo desde el aire entre turbulencias, siempre una extraña sensación, algo que no debería ser. Este mes y algo que estuve en San José me pude separar un poco físicamente del ambiente tenso y desafortunado de los Estados Unidos. Agradezco los aguaceros feroces, los desayunos plácidos y generosos, los pájaros que nunca se callan, las amigas con las que me río, la familia que somos. Regresaré apenas pueda.
He estado pensando mucho en los últimos cinco años, más o menos desde que empezó la pandemia. Una época de trauma y muerte, de incertidumbres terribles. No sé cómo me atreví a ser feliz. No sé cómo terminé en una aceptación profunda de lo que soy y lo que no soy. Ha sido un lustro furioso, pero dirigido como una flecha hacia la única dirección posible que es el futuro. No me arrepiento de nada de lo hecho, más me arrepiento de lo poco que no hice y lo que no dije, los lugares de donde no me fui antes.
Ayer para despedirme fui a desayunar con Paula y a conocer a Ramona, la que me hizo el grandísimo honor de no esconderse para evitarme. Así debería ser una, más escasa: que los demás se sientan agradecidos de que les permitiste el contacto visual. Hablamos un montón más y prometimos más cartas, que estarán aquí en cualquier momento. Me quedé pensando mucho en las historias que no podemos escribir porque son muy personales, muy recientes, porque todo el mundo sabría de quién estamos hablando. Nunca se me olvidará que en uno de sus libros la escritora afroamericana Toni Cade Bambara habla de que no importa lo que escriba, alguien siempre se reconoce en el texto y le reclama. “So I deal in straight-up fiction myself, because I value my family and friends, and mostly cause I lie a lot anyway”.
Para recibir actualizaciones:
