En una novela de William Gaddis aparece el inolvidable por agudo y gracioso y agudo otra vez:

“Merry Christmas!, the man threatened.”

Entiendo perfectamente lo que me decís.

Lo de tu amiga Emilia es de grado mayor, magnificente. Esa cabeza echando humo mientras calcula, traza elípticas, tiempos, rutas ideales. Qué maravilla. La manera más rápida, y menos frecuente por razones que todos conocemos, para desenmascarar esa fantasía es el momento en que surge la pregunta: ¿por qué no le da regalos a los pobres?

A mí, allá a fines de los 70, me reventó el globo el típico primo mayor que  tiró “son los papás, idiota”. Además eran los años de convivencia de El Niño y Santa Claus, época confusa, por decir poco, para criaturas educadas en el rigor monopólico del catolicismo. Bastante limitados los niños, hay que reconocerlo.

Sirelda y Migue llevando la Navidad a Dinamarca es decolonialismo real, concreto. Lo demás somos nosotros girando alrededor de afirmaciones teóricas. No que estén mal los esfuerzos desde el pensamiento abstracto, cada quien en lo suyo.

Soy un recipiente biológico de ponche de crema (rompope venezolano), galletas navideñas y trago. Nada más, ni nada menos.

Vamos a Sardinal, my dearest. Claro que sí. Nos veo escribiéndonos cartas a metros de distancia. Luego quietos, sin hablar, debajo de los almendros. El paraíso.

Beso

Para recibir actualizaciones: