catacumba

Estas palabritas también vienen desde el aire. Estoy en la hora siete de un vuelo de once horas y media, directo de París, que me tira a 20 minutos de mi casa en San Francisco. Vi una película estúpida (Superman, la nueva, en la que tiene un perro). Me tomé una tafil y me dormí tres horas y media, y aquí estoy escribiéndote una de mis últimas cartitas desde el aire, llena de nostalgia anticipada porque se avecina a toda velocidad el fin de este proyecto.

Los últimos cinco días los pasé en París. Por razones difíciles de explicar nunca había estado en París, creo que no tenía ganas de ir. Esta vez dije bueh, vamos a verla. Tengo muchas impresiones, algunas mejores que otras. La ciudad es bellísima, no hay nada que hacerle. Todo es estéticamente delicioso, hasta las partes gachas. Todo está hecho con ese arrebatado sentido de la forma por encima de la funcionalidad, con un poco de ridiculez que se vuelve necesaria. No sé qué llegó primero, si los clichés sobre Paris o la implementación de esos clichés que refuerzan su existencia permanente, en un ciclo eterno. Lo que la hace difícil para mi es la cantidad de gente, la densidad de todas las cosas. Todos los días los pasé buscando una forma de huir de las masas.

Los primeros dos días estaba tan ocupada y tenía tanto sueño y tanto trabajo que no hice más que dormir y trabajar. Topé con la suerte de quedarme en un lugar que alguna vez fue una tienda de vinos muy cerca del Panthéon, en un edificio que al menos tiene unos trescientos años. Conservaba casi toda su facha de tienda de vinos (cajas, estantes raros, un bar de los 80s, pósters enormes y libros sobre vinicultura) pero ahora en la cava del sótano, en la más profunda oscuridad bajo un arco de ladrillo y una bóveda de piedra, habían colocado la cama. En ese sótano no entraba la luz natural a ninguna hora y empezamos a llamarlo “la catacumba”. Ahí dormí como difunta durante horas y horas, perdida en el tiempo. No quería salir nunca más de la catacumba, fui feliz ahí.

Claro afuera estaba París así que había que caminar, ni modo. Hice muchos paseos por los jardines de Luxemburgo y esas partes. Fui al Centro Pompidou el último día que estaba abierto, y vi un par de instalaciones. Un día me aventuré a las rutas más turísticas (Notre Dame, el Louvre, los campos Eliseos) pero honestamente tuve que salir huyendo porque la marea de gente es insoportable. No quería estar ahí ni un segundo más y por más linda que sea la ciudad el asalto a los sentidos y la marea humana me arruinaron el día. Huí a refugiarme a la catacumba tan pronto como pude.

Un día entero lo dediqué a ir en un largo viaje en bus a la Fundación Louis Vuitton, que es un edificio de esos horribles de Frank Gehry. El tipo hace un garabato y hay que salir a correr a construirlo. En fin, estoy agradecida de que la fiebre del consumo salvaje de estas marcas produzca una riqueza tan ridícula que haya que construir un museo para disimular su vulgaridad. Fui porque tenían una retrospectiva enorme de Gerhard Richter, que estaba fantástica. Eran cientos de piezas, no se acababa nunca, todo estaba representado desde su niñez hasta sus trabajos actuales a los 93 años. Siento que esa exposición requiere su propia carta, pero posiblemente no la escriba.

El Lunes y martes los pasé vagando por ahí, masticando croissants, viendo la torre Eiffel asomarse inesperadamente a una distancia lejana y prudente, y viendo por las ventanas de boutiques, librerías, anticuarios, tiendas de afiches. Las partes de las guías turísticas las vi a una distancia segura, ojalá montada en un bus o de muy lejos. Fui a otra exposición el la Fundación Cartier (ídem, gracias consumo de lujo salvaje) que acaba de volver a abrir tras una renovación, y está haciendo una muestra general que resume muchas otras exposiciones que han hecho. Algunas francamente horribles: hay algo de cómo los franceses exotizan a las culturas indígenas del mundo que me da ganas de vomitar. Había lo normal, las pinturas y las instalaciones, unas mejores que otras. Las piezas que más me gustaron tienen mucho que ver con las geometrías del sur, especialmente de América Latina. Me fui hasta ahí para verme fascinada con nuestros Cholets, nuestras curvas, nuestros animalitos geométricos. Me compré un libro de esos que pesan como veinticinco kilos y lo logré meter a la maleta. Trabajé mucho menos. Me fui a dormir temprano y feliz en las entrañas de la tierra.

Ahora estoy de camino a unos Estados Unidos donde nunca hay ganas de regresar, pero ni modo. Voy feliz a ver a mi perrito. París fue lindo pero no es mi ciudad: es posible que vuelva a visitar, pero no viviría ahí ni loca Paula. Me muero de todas las cosas: de la superabundancia estética, de la gente y sus afectaciones, de los turistas desorientados, o se me saturan las arterias de mantequilla. Qué va, lo mío es la arquitectura tropical. Quedo eternamente agradecida con París por darme el inframundo, las aguas del Lethe, el sueño de los muertos debajo de cientos de años de piedra. Descansé en paz.

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