automática

Hoy les escribo otra vez desde el aire. Antes las horas en el aire estaban literalmente suspendidas, porque no había nada que hacer más que ver alguna película inofensiva o leer un libro. Esto último siempre se me hizo imposible porque tenía más miedo de volar, y siempre estaba pensando en que me iba a morir en cuestión de minutos. No se puede leer y temer. Entre más volaba más miedo tenía, porque iba incrementando las probabilidades en alguna hoja de cálculo mental. Se me quitó con la edad, sospecho. Ahora pienso que no estaría tan mal desplomarse 30 mil pies desde el aire, qué muerte tan dramática. Saldría en la tele y todos dirían que fui maravillosa. Pero tanta suerte no tengo.

En las redes sociales hay una de esas seguidillas virales donde cada quién pone qué tan lejos ha viajado: lo más al norte, lo más al sur, lo más al este y al oeste. Pero yo nunca lo hago porque siempre me pregunto, lo más lejos de dónde? Cuál es mi punto de referencia? Eso no lo puedo decidir. Lo más lejos que he estado de la cordura lo puedo recordar con más facilidad: una vez viajé a Managua en bus por diez horas, para ver a un novio.

Una cosa que no les he contado es que todos los días hace más de seis meses, en las primeras horas de la mañana, escribo 750 palabras (que son más o menos tres páginas) de absoluta basura. Es un ejercicio de escritura automática, como para vaciar la cabeza y empezar en limpio. Es más, he empezado a pensar que eso no es escritura, si no mecanografía. No se parece en nada a la sensación que tengo cuando me siento a escribir-escriibr. Dice mi psicólogo que el no escribir me permite mantener el control, porque toda la vida me ha dado miedo ser malentendida. No publicar también. Todo es un grado de control, y la escritura automática me proponer perderlo. Y claro, es insoportable. Nunca he vuelto a leer nada de lo que he escrito en esas páginas, por supuesto.

Entonces esta carta, amigos, que está mediada por un tecladito portátil y una tablet en la mesita desplegable del asiento 9B de este vuelo de San Francisco a Denver, es el ejercicio más parecido que he hecho a escribir algo entre la carta y las 750 palabras de la mañana (después de todo, son las seis de la mañana). Me disculpo si sueno automática, verbosa, poco editada. Qué vulnerabilidad.

Inspirada por Paula, que se va a ir a pasar sus cincuenta años sola en el desierto, y por Ari, que empieza a dar pasos en el mundo con sus propios pies, estoy pensando en cómo van a ser mis próximos años. Creo que voy a darle otra opotunidad a una mujer que fui antes, una que me gustaba. Ustedes creen que ahora viajo mucho, pero antes era peor. Nadie sabía nunca dónde estaba, no fui a una fiesta de cumpleaños que no fuera por casualidad, no podía decidir nada con meses de anticipacíón. Dejé libros, cuadernos, abrigos y zapatos por todas partes. Perdí boletos, vuelos, maletas, teléfonos, anteojos y llaves en múltiples continentes. Las llamadas con noticias trágicas me sorprendieron en puertas de abordaje, en apartamentos temporales, en el sillón de desconocidos, en el café internet de algún pueblito sin nombre. Tengo ganas de intentar volver a lo mío, que es salir corriendo al aeropuerto cada vez que la cosa se pone espesa. Es decir, a cada rato.

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