altura

Estoy de vacaciones en una región remota de Canadá donde todos los paisajes se parecen a un rompecabezas de mil piezas, con enormes pinos, montañas picudas y plácidos lagos azules y ríos suavecitos. Me estoy quedando en una casa hecha de árboles gigantes, de troncos puestos encima unos de los otros como la casa de Heidi. Me gusta estar en Canadá porque todo es más normal y la gente de estas áreas rurales está menos loca. Por ejemplo todo el mundo tiene una escopeta, pero no creo que a nadie se le ocurra apuntarla hacia mi, en particular.

Nos estamos quedando con amigos de Allen de hace muchos años, de la época de la universidad. Todos son quince años más viejos que yo y tienen hijos que ya han salido de la universidad. Son abogados corporativos, gente práctica e inteligente, de política de centro izquierda, que estudió filosofía pero después derecho y eso no les permite andarse con vainas. Están en muy buena condición física: cada día van a hacer una aventura por el río, o a andar cuatro horas en bicicleta, o a subir una montaña a pata. Yo trato de acompañarlos pero no me da el pulmón, me tuerzo el tobillo, me falta oxígeno por la altura, me deshidrato. Me siento suave y débil de voluntad, cuerpo y corazón. Mi idea de las vacaciones es sentarme a ver por la ventana el mayor tiempo posible mientras como papitas y tomo coca lai.

Me traje un cuaderno de papel de acuarela y todos los días trato de hacer al menos un dibujito. Un hongo, unas peras, una montaña, un pino, otro hongo. Son dibujos rápidos de algo que vi y que se me quedó pegado en la retina. No tienen un gran destino, ni técnica ni nada. No tienen más que el ojo propio y la perspectiva distorsionada por uno mismo, los colores equivocados, la interpretación errónea de las formas que no permite fotografía. Me gusta esta práctica de hacer algo con este propósito. Tiene que ver algo con escribir, pero todavía no sé cómo decirlo.

Les mando un abrazo desde los pinos.

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