Suena la radio, estamos pegados en una presa en el puente del Saprissa. Mi mamá me pregunta desde el asiento de enfrente del carro, un poco alarmada, cómo es que me se toda esa canción de Chayanne, palabra por palabra. No sé, eso ya existe en un archivo profundo. Me gustaría borrarlo para hacer espacio en el disco para algo más importante, pero no se puede.
Vi la foto que me mandaste de Osvaldo y me entró una nostalgia enorme, reconociendo al primer adulto no familiar que me vió así como yo era: una chiquita rarita que escribía poemas tristes a los ocho años, con palabras como soledad e infinito. Cosas que nadie de ocho años debería saber. Osvaldo (y Shirley Cambpell, juntos) me dieron la confianza de que aún si los otros niños me consideraban criatura de otro planeta, los adultos sabían que era muy de este planeta, tanto que que todavía no me lo podían explicar.
Me voy queriendo regresar de inmediato. No sé cómo vuelvo voluntariamente a un país que se está desmoronando en cuestión de días. Sospecho que voy a tener que meter un poco de plata debajo del colchón porque soy latinoamericana y siento cuando se está poniendo la cosa horrible, no me vaya a agarrar un corralito.
Ahora voy sentada en el avión tratando de ignorar la turbulencia y el hecho de que ahora los aviones se caen del cielo, a veces a pedazos, con más frecuencia. Nunca me gustó volar pero escogí una vida que me tiene en un avión cada dos meses. Casi siempre lo soporto como un trance miserable, apretando los dientes hasta que llegan flojos al otro lado. Ahorita nos vemos.
Para recibir actualizaciones:
