aguacate

Una cosa que cambió es que antes yo viajaba y mi cuerpo reaccionaba como si se hubiera tropezado con una piedrita apenas, de inmediato listo para salir a caminar ocho horas al día y exponerse a los elementos. En cambio ahora pasan días y días, y nada que se me ajusta el patrón de sueño y sigo insomne a las cuatro de la mañana, con hambre. Además de eso decidí ir a ponerme tres vacunas a la vez (la del covid, la de la influenza, y la que me dieron en combo para la neumonía). La reacción no fue la que esperaba, un poco de fiebre o malestar. Más bien anduve caminando en un campo lleno de neblina mental todo el día, encontrando las cosas a tientas. El dolor de cabeza que me dio me acompaña hasta el momento de escribir esta carta.

No sé qué ha sido de vos desde esos últimos mensajes que nos mandamos cuando estabas en un taxi en Jakarta, a toda la velocidad que permite el tráfico del asia tropical. Me puedo imaginar un poco, pero ya quiero que me contés todo en una mesa de alimentos y bebidas.

Ayer fui al parque donde voy todas las mañanas con Dante, y un nuevo vecino había quitado un árbol de aguacate que llevaba más de 50 años dándole sombra a las banquitas. Estaba en su propiedad, y la propiedad es lo más sagrado en este mundo, mucho más sagrado que los árboles. Estaba en una casa que acaban de vender, entonces me fui a ver la descripción en el sitio de bienes raíces, y dice entre otras cosas “a generous patio shaded by a magnificent avocado tree“. No era suficiente magnífico para el nuevo comprador. Por lo menos ahora tengo un nuevo enemigo.

Te leo y pienso que me encantaría cerrar algún ciclo. Tengo muchos ciclos abiertos, y se me siguen abriendo sorpresivamente. Sería bueno cerrar algunos, darles muerte, decir hasta aquí llegamos. Siento que estoy en mis cuarentas desde hace veinte años y un día de golpe se me van a acabar. Espero que como a vos eso me de oportunidad de una renovación reveladora. Qué emoción.

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