Lago Michigan

Domingo 7 de setiembre, 10:19 am. Acabo de desayunar, me quité la pijama y me puse una vestimenta para ir a caminar (obviamente me salté el paso de la ducha, lo dejo para más tarde).

Escribo esta carta dominical mientras espero que mi hermana venga a mi casa para hacer una caminata que tiene como objetivo ir a buscar una cama para la nueva sobrina canina que viene en camino. Se llama Cloe y ya la amo profundamente.

Desde que leí tu última carta estoy mentalmente sentada a la par tuya frente al Lago Michigan. La primera vez que lo conocí fue en 1994 y el año pasado tuve chance de verlo otra vez. Sé que me impactó reencontrarme con ese cuerpo de agua y busqué la libreta de notas de ese viaje y ojo lo que escribí:

Hoy me senté frente al Lago Michigan, me lo encontré de sorpresa caminando por la Magnificient Mile. El viento me pegaba en la cara, me descalcé, busqué una bufanda que andaba en la cartera, la extendí en la arena y me senté. Luego me acosté y me despertó un venezolano que me quería vender cuarzos. El sol estaba a mis espaldas, el viento iba y venía con el movimiento de las olas. Las olas de un lago cuyo final es imperceptible a la mirada humana. Le dije lo mismo que le dije al mar de Uvita en Bahía Ballena hace unas semanas: “lo que me esté buscando que me encuentre”.

Otro día, sin saber que fue uno de los más calientes del 2024, caminé por la orilla de este lago desde la altura de Hyde Park hasta el downtown. Esa orilla es un sendero que conecta playas, espacios de picnic, baños públicos, marinas, un parque lineal urbano digamos. No vi esas casas enormes, ni conversé con votantes de Trump, por dicha. Desde un apartamento en Hyde Park, pasé dos semanas camuflada entre la diversidad de una zona universitaria y un ecosistema artístico cultural. El última día que estuve ahí, escribí:

Alrededor de las 5:00 pm empieza a emerger el chillido de las chicharras. Envuelve mi entorno, se mete por las ventanas del apartamento. También se filtra la sirena de los bomberos, el pasar de los autos, voces de adultos que conversan mientras caminan y una bicicleta que rueda tranquila por la acera. Pero las chicharras se imponen. Algunas amanecen muertas y patas para arriba, así las vi al pie de los árboles o dentro de algunos locales comerciales. Habrán caído muertas, pero no se quedaron calladas.

Mi hermana es muy chistosa. A las 9:17 am me escribe: “ya me desperté”. A las 10:00 am me puso otro mensaje: “apenas me senté a desayunar”. Quince minutos después me compartió una lista de reproducción para que conociera un nuevo grupo musical. Luego me avisó que iba a caminar desde la casa de ella hasta la mía para hacer nuestra caminata. Le respondí: “parece que estamos jugando ¿Lobo, estás?”

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