Estoy totalmente desorientada en el tiempo. Pasé un par de noches de mal dormir, un viaje en la madrugada, un cambio de zona horaria, y por fin un sueño de diez horas después del que todavía estoy exhausta. No sé que quiere mi cuerpo de mí, no sé si tengo hambre o nada más un sueño permanente, un sueño existencial.

Estoy al lado del lago Michigan, que es uno de los más grandes del mundo, como un pequeño mar. Hay olas, viento, pajaritos que corren por la arena, todo lo que quiere el mar. En todo el borde del lago se extienden pequeños pueblos, comunidades costeras preciosas como postales. Es por aquí donde están todas esas enormes casas gringas que se ven en las series de TV, en las cocheras carros gigantescos. Es aquí donde están los votantes de Trump también, los ricos que se creen oprimidos. Cada vez que viajo a un lugar nuevo me imagino mi vida en una casita pequeña haciendo lo que hacen los locales. Aquí no. Ni un minuto.

Me leí un libro de Sara B. Franklin que se llama The Editor. Es sobre la vida de Judith Jones, una mujer que fue editora en Alfred A. Knopf por más de 60 años. Fue editora de John Updike y las traducciones de Camus y Sartre, y editó a Julia Child y una larga y legendaria serie de autores de libros de cocina, un género que me es desconocido. Me gustó leer sobre esta vida de una mujer que quería cosas tan distintas a las que yo quiero. Me interesó mucho su vejez, sus últimos años. No sé por qué, pero ahora pienso mucho en ser una viejita. Falta mucho, claro, pero siento que este es el primer momento en el que he pensado en poner en la tierra las bases que me van a permitir ser la viejita que quiero. Qué emoción.

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