horas

Ayer estaba tan cansada que pasé de la sillita donde trabajo, como y dibujo, a la cama a las siete de la noche. No tenía fuerza para nada más. Me levanté otra vez a las siete de la mañana. Los días que son ocho horas de trabajo y doce horas de sueño parecen perdidos en el limbo. No es que esté particularmente estresada. El trabajo va bien, la salud también, los demonios duermen: el estrés es del capitalismo. Las otras cuatro horas, qué hago? Como huevos con queso, hago ejercicios, me baño. La vida no puede ser esto, pienso. Imagínense trabajar más horas aún, como sueñan los estúpidos aquí. Quieren que nos volvamos locos, que caminemos muertos.

El Domingo regresé a mi casa y me di cuenta de que después de haber visto la película intercambiamos un par de frases sobre ella frente al cine, y nada más. Para los que nos leen, fuimos a ver The Phoenician Scheme, en el Magaly. Teníamos el cine casi para los tres solos, porque fuimos a la hora de los viejitos. Nos reímos en los mismos momentos, o al menos eso me pareció en la oscuridad. Las películas de Wes Anderson siguen una fórmula muy específica, son un algodón de azúcar y los que lo consumimos sabemos a lo que vamos. Lo que me hace gracia es que esos guiones, esos sets, esas referencias son apenas alegóricas a un mundo intelectual que no entra en la película. Le permiten al espectador sentirse inteligente y cosmopolita (porque entendemos cierto humor, porque tenemos afinidad por ciertos elementos visuales) pero no contiene nada sustancial, las ideas que explora no son particularmente profundas. Es una forma fácil de consumir ese aire de “somos gente culta” sin aprender nada. Una maravilla de la cinematografía moderna.

Afuera hace solcito de veranillo de San Juan. Me obligo a salir de esta casa, aunque sea para ir al súper a comprarme una chocoleta. Espero que nos veamos más. Que nos veamos mucho, hasta que nos aburramos los unos de los otros.

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