Anoche fui cerca de la calle 11 y la avenida 14, la esquina en la que supuestamente mi Abuelita Daysi perdió el sentido de la ubicación un buen día. Recordé que cuando llevé el curso de “Urbanismo” en la carrera de Arquitectura, decidí hacer el trabajo final sobre la avenida 14, desde “Los Mercaditos” hasta el hoy llamado “El Adri – Bar y Restaurante” (antes era “El Adriático”, quién sabe qué cambio de dueños tuvo).
También recordé que el bus de Quesada Durán paraba justo antes de esa esquina, yo me bajaba ahí para ir a clases de ballet clásico en la academia de Flor del Carmen de Montalbán, tía abuela de mi papá, cuñada de mi Abuelita Daysi, quien tuvo la gentileza de becarme en su escuela desde que tuve cinco años hasta que cumplí diecinueve.
Ya que andaba por ahí, en mi mente reclamé que la calle 9 vuelva a ser conocida como “Paseo de los Estudiantes” y no reducida a “Barrio Chino”. Y esto de nuevo me llevó a mi abuelita Daysi y su proyecto de matricularme en el catecismo (después de que yo le pidiera a mis papás que me bautizaran cuando ya tenía 6 años) en la Iglesia La Soledad, donde organizaron un acto de primera comunión que culminaba con el paso de Juan Pablo II en su papa-móvil justo por el Paseo de los Estudiantes. Esto fue en 1983.
No sé cuántas veces, al terminar un mandado por la Avenida Central, decidí devolverme caminando hasta mi casa en barrio Córdoba. Casi siempre ese trayecto implicó pasar por la Avenida 2, bajar por el Paseo de los Estudiantes hasta la calle 9, cruzar a barrio Luján, salir por la Clínica Dr. Carlos Durán para entrar a barrio Córdoba por el Palí, seguir hasta la Escuela Dr. José María Castro Madriz, recorrer su costado, doblar a la izquierda para bordearla por detrás y después atravesar la cuadra del frente por el play.
En ese play o a la salida, siempre estaban algunos muchachos del barrio. Mi primer recuerdo viene con sensaciones de congoja, vergüenza, pereza, desidia, todo junto de solo pensar en esos adolescentes que me miraban cuando yo les pasaba por el frente y trataban de decirme algo que yo prefería ignorar.
Hasta hoy se me ocurre pensar que tal vez nada más me querían saludar.
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