He visto un par de veces el video de LaMenor en el escenario, moviéndose como sólo se mueven las bailarinas, que conocen el aire de forma íntima y saben dónde va a estar cada parte de su cuerpo en los próximos segundos. Una relación con el espacio que es imposible de adquirir de otra forma, más que bailando. Qué libertad. Qué valentía. La veo y me acuerdo de un montón de momentos desperdigados, como fotos de viajes a la playa, como pequeñas escenas domésticas. Esto no me lo imaginé.
El otro día vino Paula a visitarme y fui tan feliz. Qué bueno es tener aventuras de señora loca. Vengarse silenciosamente de los tontos, tener confianza desbordada en una misma, salir corriendo de los lugares donde no queremos estar. Hablamos un montón y comimos desordenadamente. Al otro día en mi sala sin cortinas pongo música de señora y bailo. Ojalá me vea alguien, ojalá digan “veamos bailar a la señora loca”.
Las noticias de mi otro país son peores que las de este. No sé qué decirles. Que ya no quiero volver, pero si quiero. Que estoy bien aquí debajo del aguacero furioso, viendo cómo la humedad engorda las paredes hasta reventar el rodapié, y oyendo a los pericos gritar como flechas disparadas en la tarde. Todo eso está bien pero uno se fue, uno cambió, uno tomó algún cariño por el jardín donde crece el árbol de ciruelas verdes, donde se sientan los pinzones. Uno se enamoró de los locos, de los raros y los rebeldes de otras partes, y ahora tiene una responsabilidad afectiva, como dicen los psicólogos, con esa gente. Y bueno, entonces regresaré en algún momento. Con miedo.
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