A veces, en un intento por hacer una distancia sana con mi celular por la noche, lo dejo en la cocina, fuera de mi alcance desde la cama. También es una manera de realmente levantarme justo cuando suena la alarma del despertador a las 6:00 am.
Eso hice el jueves pasado por la noche, dejé el celular cargando en la cocina. Así que ayer, apenas empezaron a cantar los pajaritos desde el celular, abrí los ojos.
Ya Ramona estaba a mi lado demandando desayuno, así que sin pensarlo dos veces, me salí de las cobijas y cuando puse los pies en el piso sentí que se me mojaron. La mirada torpe de recién levantada pasó a mirada de asombro en cuestión de segundos cuando alcancé a ver que el cuarto estaba inundado por una capa de agua de al menos 1 centímetro. Salí del cuarto y el panorama general era el mismo: todos los 50 metros cuadrados del A214 inundados por una capa de agua de 1 centímetro de alto.
Por lo menos, hasta ese momento, nada flotaba en el espacio físico, pero ya se imaginarán que en mi cabeza o donde sea que se aloje ese cine interno que me habita, empezaron a flotar un sinfín de metáforas de lo que se podría estar inundando en mi vida, en Lourdes de San Pedro de Montes de Oca, en San José, en Costa Rica, en Centroamérica, en América, en la Tierra, en el sistema solar, en la Vía Láctea, en la galaxia entera.
Sigo en Orbital como se darán cuenta, sigo con la necedad de pasar de lo micro a lo macro y viceversa (por cierto una amiga me pasó esta maravilla). Entonces, en el escenario de mi mañana de viernes, encerrada en la escala 1:1 de mi realidad, primero me asusté, luego corrí a cerrar el tanque de agua caliente cuando vi que de ahí venía el agua, agarré la escoba y me puse a barrer el agua hacia el desagüe que hay en el baño. Logré levantar la alfombra de la sala que empapada pesa muchísimo. Cuando terminé de desaguar y luego secar el apartamento con múltiples paños, me senté a llorar.
En algún momento del llanto, pude escalar mi situación, salirme del 1:1 de mi húmeda realidad, hacer “zoom out” hasta ver que esto no era para tanto. Me sequé las lágrimas, avisé en el trabajo que iba a llegar tarde, me bañé, hice desayuno y luego me fui a trabajar. Pero cuando me puse a llorar, de verdad lloré.
Estos días ha llovido mucho, muchísimo. Como contó Lena antes, otras inundaciones sí han sido nefastas. Bueno, nosotras que vivimos en el trópico sabemos de memoria lo que pasa en nuestros países cuando llueve, cuando vienen los temporales, los huracanes y demás inclemencias climáticas de las que no nos salvamos.
Pero también hay cosas, personas, situaciones que nos llueven encima, que nos inundan. Por el resto del fin de semana, le prestaré atención a mi cine interno y las metáforas que me proyecta.
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